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Por qué la moneda del futuro no surgirá de las redes sociales (X)

 
Image by Robert Llewellyn/Corbis

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El valor aportado por alguien dentro de una comunidad (no aislada) no puede ser correctamente calculado ni aprovechado si no se traduce a unidades de valor aceptadas fuera de esa comunidad. ¿De qué le sirve a un gran pianista el reconocimiento de su público – si este reconocimiento no es monetario – cuando necesita los servicios de un plomero? Probablemente no consiga un buen plomero en ninguna de las comunidades (digitales o no digitales) en las que participa, ni pueda eventualmente pagarle con entradas para su próximo concierto (por más valiosas que éstas sean para otras personas).

La moneda es, en sí misma, una mercancía, utilizada para facilitar el intercambio de otras mercancías. Cuando a una población se la priva de una buena moneda, toda clase de inconsistencias, distorsiones y fricciones vienen a entorpecer el funcionamiento del mercado. Cabe entonces preguntarse: ¿a quién beneficia la circulación de mala moneda?… En el largo plazo, a nadie; forzar la circulación de mala moneda – una cuestión de supervivencia para casi todos los gobiernos en el mediano plazo – es algo semejante a contaminar la red de agua potable: todos padecerán las consecuencias.

Ahora bien, aún teniendo que soportar el peso de sistemas legales extremadamente represivos – que imponen el curso de tal o cual dinero bajo la amenaza de duras penas – la gente gravita siempre, tarde o temprano, hacia la mejor moneda disponible, buscando la protección o la sólida referencia que ésta proporciona. La buena moneda emerge de la clandestinidad una y otra vez, en la última etapa de cada ciclo económico, para restituir el tejido social que la violencia gubernamental ha destrozado: no otro ha sido el rol del oro durante los últimos cinco mil años.

El valor del oro no depende del efímero poder de un Estado, ni del compromiso de un grupo de individuos conscientemente vinculados entre sí; por eso mismo se ha reconocido y se sigue reconociendo prácticamente en todas partes. Si preferimos que nos paguen con monedas de oro antes que, digamos, con bonos de un club de trueque barrial, no es debido a una mera inclinación personal: el oro es, objetivamente, mejor moneda.

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