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¡Es el efecto de red, estúpido! (Quinta parte)

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*Aclaración: el título de esta entrada hace referencia a la frase del estratega de la campaña presidencial de Bill Clinton en 1992, James Carville, luego popularizada como “¡Es la economía, estúpido!“.

Una moneda reemplaza a otra porque es mejor moneda (más difícil de manipular, más eficiente, más segura, más divisible, más difícil de falsificar, más fácil de resguardar, etc.), no porque puede hacer un montón de cosas al margen de su rol monetario. De igual manera, un automóvil no es necesariamente mejor que otro porque viene con una cocina incorporada, o con un cinturón de seguridad pequeño para que pueda usar el hamster de la familia -por mencionar algo que yo quisiera tener en mi coche-. Todo eso puede ser deseable para algunos conductores, pero haríamos mal en juzgar la calidad de un automóvil en función de sus accesorios, por más atractivos que nos resulten.

Antes de juzgar la calidad de un automóvil, es necesario hacerse una pregunta muy simple: ¿para qué sirve? Si olvidamos la razón de ser del automóvil, nos entusiasmaremos con todas las cosas que podríamos agregarle y pasaremos por alto la importancia crítica del motor. No tiene mucho sentido preocuparse -digamos- por la disposición de los airbags en un automóvil sin motor. La verdad es que ni siquiera tiene sentido llamar automóvil a ese pedazo de metal lleno de chirimbolos.

¿Por qué no siempre vemos en la moneda lo que sí vemos claramente en los automóviles? Es que tendemos a confundir moneda con capital. La moneda no es, en rigor, una forma que adopta el capital, sino una herramienta que permite asignar el capital eficientemente. La moneda no tiene que “hacer cosas” para ser buena como tal; la moneda tiene que ayudar a la gente que hace cosas. Y la forma en que la moneda nos ayuda es atenuando la fricción en los intercambios, para que podamos cooperar de manera más eficiente y así producir más con menos trabajo. En otras palabras, la moneda nos hace la vida más fácil aumentando la productividad del capital en su conjunto.

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Pero no nos perdamos en abstracciones: al fin y al cabo, los beneficios de la institución moneda alcanzan a todos aquellos que son capaces de sumar y restar; lo cual no se debe a que su naturaleza esconde un impulso igualitario -la expansión de la institución moneda es un proceso más espontáneo que intencional- sino a que la buena moneda también se define por su nivel de adopción. Exigir que la gente aprecie todas las aplicaciones que una determinada moneda puede ofrecer más allá de las prosaicas funciones monetarias -medio de intercambio indirecto, reserva de valor, unidad de cuenta- es una excelente forma de inutilizar esa tecnología. Es algo así como echar a perder una rebanada de pan untándola con una mezcla de veinticinco jaleas diferentes.

Ninguna altcoin puede aventajar a Bitcoin procurando ser “más que una simple moneda”, así como el oro no puede aventajar a Bitcoin en virtud de que puede ser fundido para hacer cucharas o medallas. Si el oro puede ser considerado mejor que Bitcoin en algún aspecto (por ejemplo, en que no requiere energía eléctrica para funcionar), será debido a sus cualidades monetarias, no a las otras cosas que se pueden hacer con él.

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