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De qué hablamos cuando hablamos del Leviatán

Bitcoin Cash (BCH) es escalable; Bitcoin Core (BTC) no lo es. BCH funciona como efectivo electrónico p2p (es rápido, predecible y accesible); BTC no funciona como efectivo electrónico p2p. BCH no requiere intermediarios; BTC los requiere para el uso cotidiano. BCH incentiva a los mineros; BTC los condena a la bancarrota. BCH tiene un límite infranqueable a la emisión monetaria; BTC tendrá que recurrir a la inflación permanente. En definitiva, BCH es una buena moneda y BTC no lo es. De ahí que la primera sea rechazada por quienes se oponen a la libertad de elegir en materia de moneda, mientras que la segunda tiene el apoyo del establishment.

Con eso en mente, queda despejado el camino a seguir si queremos liberarnos de los amos del dinero fiat. Dejemos que otros se preocupen por encadenar al Leviatán por medio de la acción política o el activismo –aspiración vana si las hay– y concentrémonos en cambio en difundir el uso de Bitcoin tal como fue concebido por Satoshi Nakamoto. Dicho de otro modo: concentrémonos en cortar el principal suministro de alimento a la bestia insaciable, proveniente de su monopolio sobre la moneda. Si nos enriquecemos en el proceso, estupendo, pero que sea un beneficio secundario, porque lo que está en juego es mucho más que nuestra riqueza; lo que está en juego es la causa de la libertad, entendida esta como ausencia de coacción.

Cuanto antes tomemos consciencia de que no tenemos la menor posibilidad de influir en la casta política, ni en las élites financieras, ni en los programas educativos estatales, ni en los medios masivos de comunicación, menos energía dilapidaremos y más energía podremos dedicar a la batalla de nuestra generación, que me atrevo a decir es la batalla más importante jamás librada. Batalla metafórica, claro, porque aquí no se trata de enfrentar al Leviatán cara a cara en su territorio –lo que sería equivalente a suicidarse a cambio de una nota a pie de página en algún ignoto libro de Historia–; no se trata de destruirlo sino de desnutrirlo –un objetivo factible que podemos alcanzar simplemente negándole nuestro consentimiento en la medida de nuestras posibilidades–.

Sin importar cuánto tiempo nos lleve alcanzarlo, nunca debemos perder de vista el objetivo. La mayor transferencia de riqueza jamás registrada en la historia recién está comenzando, y no sabemos si este proceso podrá o no ser interrumpido. Lo que sí sabemos es que sin el control de la moneda, el Leviatán no puede empobrecernos a golpe de pluma, no puede financiar genocidios, aventuras bélicas o experimentos sociales delirantes, no puede tentarnos con riquezas aparentemente infinitas, ni amenazar de manera verosímil nuestros ahorros o fuentes de ingresos. ¿Acaso alguien, en algún otro momento, ha estado en mejor posición que nosotros para poner fin a la tiranía del Leviatán? ¿Acaso esperas que otros lo hagan por ti?

Recuerda que ni bien tenga la oportunidad de hacerlo, el Leviatán nos rodeará con sus tentáculos con el propósito de hundirnos en la miseria material y moral, de modo que es absolutamente legítimo hacer uso de los medios que estén a nuestro alcance para impedirlo. Aunque luzca debilitado, debemos actuar sin concesiones, como corresponde a un acto realizado al mismo tiempo en defensa propia, en defensa de todos aquellos que hoy merecen ser defendidos, y en defensa de las generaciones futuras. Caso contrario, la bestia se replegará una vez más y, con el tiempo, recobrará fuerzas que, sin dudarlo un segundo, empleará en perjuicio de todo lo que es justo y noble –como siempre lo ha hecho–.

El Leviatán, por si no ha quedado claro, no es meramente un símbolo de la coacción en abstracto, ni del conjunto de agresores concretos organizados institucionalmente, sino de las proporciones apocalípticas que adquiere la coacción cuando llega a ser bendecida tanto por las víctimas como por los victimarios, e incluso cuando tan solo es ampliamente aceptada como un mal necesario.