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¿Te vendiste a la NSA? ¿A qué precio?



Por Justus Ranvier


Fuente: Bitcoinism


Traducción: José Manuel Perez Diaz



Esta semana seguimos oyendo de los desafueros de la NSA (Agencia de Seguridad Nacional norteamericana). Dada la historia y el probable curso del caso de Snowden, estoy seguro de que la sentencia previa continuará siendo cierta en un futuro bastante lejano. Cada vez que la indignación comienza a menguar un poco, sale a relucir que todavía más se cocía. Cada revelación es peor que la anterior.

Pero, mientras todos los ojos permanecen puestos en la NSA, ignoramos algo muy importante. La NSA es una organización relativamente pequeña. Nunca podrían haber hecho lo que hicieron sin la ayuda del sector privado. La construcción del sistema de vigilancia solamente ocurrió porque la NSA pudo aprovecharse del talento, esfuerzo, apoyo y, sobre todo, del silencio de decenas de miles de programadores e ingenieros.

Algunas de esas personas trabajaban para los sospechosos de siempre: contratistas de defensa y sus suministradores. Muchos de ellos, sin embargo, trabajaban para empresas que no solemos relacionar con la máquina de guerra: Google, Microsoft, HP, Intel y Apple, entre otras. La monstruosidad que dirige la NSA no podría existir sin una armada silenciosa de personas esparcidas por la industria informática y dispuestas a hacer la vista gorda.

¿Pero por qué participaron? Las razones son seguramente tan numerosas como hay personas involucradas, si bien probablemente podamos identificar algunas características comunes: patriotismo descaminado (“Lo necesitamos para protegernos de los terroristas.”), miedo (“Tengo una familia y una hipoteca. No puedo permitirme hablar y arriesgar mis ingresos.”), incrementalismo (“No merece la pena causar alboroto por algo tan pequeño.”), apatía (“La vida es así y nadie puede hacer nada.”).

Además de todos estos también están a los que, simplemente, les importa todo una mierda. Nihilistas, oportunistas y sociópatas para quienes los valores y los principios son palabras vacías que no significan nada. Si eres una de esas personas, mis palabras no son para ti.

Al resto me gustaría invitarlos a participar en un experimento mental. Imagina que estamos unos cuantos meses en el futuro y 2014 se acerca a su fin. Te encuentras disfrutando de un momento de tranquilidad cuando, de repente, un portal resplandeciente se abre ante ti, de donde sale andando la versión de tí mismo que existirá dentro de 10, 20 o 30 años. Tu yo futuro ha viajado en el tiempo y ha venido a hablarte acerca del 2014 y el rol que has jugado en él.

Seguramente, los “informantes” que ya han dado la cara –a un gran costo personal– no tendrían nada que temer ante semejante conversación. De hecho, tendrían todos los motivos para recibirla con entusiasmo. Nadie que puede decir “hice lo correcto, incluso cuando era difícil hacerlo” puede temer al remordimiento.

Esas caras ahora conocidas no son los únicos que están haciendo algo al respecto. Recientemente, me he encontrado con muchas personas que han decidido objetar silenciosamente y a su manera. Están abandonando puestos cómodos y lucrativos en grandes empresas en pos de hacer algo más acorde a sus valores. Están cerrando negocios rentables y empezando otros nuevos porque ya no quieren seguir vendiendo su talento a la vigilancia de la máquina de guerra. Estas personas estarán entre los héroes reconocidos cuando la historia de esta época se escriba.

De todas formas, este ejercicio mental no es acerca de ellos –es acerca de ti–. Si tu yo futuro viajara en el tiempo para preguntarte: “Tuviste una oportunidad para cambiar las cosas de veras en 2014… ¿qué hiciste con ella?”, ¿cómo responderías?

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