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¡Es el efecto de red, estúpido! (XV)

copernicoVer parte 14

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Aclaración: el título de esta entrada hace referencia a la frase del estratega de la campaña presidencial de Bill Clinton en 1992, James Carville, luego popularizada como “¡Es la economía, estúpido!“.

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Una vez instaurado un nuevo sistema de incentivos capaz de sostenerse y reforzarse sí mismo, el poder seminal y organizador de la masa crítica pierde la necesidad ocultarse. Más aún, su efectividad –tanto disuasiva como estimulante– pasa a depender, en parte, de la exposición.

Salvando las distancias, la masa crítica se comporta como el conspirador que teje sus redes en silencio hasta el momento en que asume el poder. Pero, a diferencia del conspirador –limitado por la fragilidad de sus propios planes–, la masa crítica da inicio a un movimiento que crece con la fuerza ciega, inconsciente, inexorable, de la marea: no es un cambio de régimen lo que inaugura, sino un cambio radical en el orden social.

Un orden nuevo, fecundado por el sedimento de otros tiempos –aunque receloso de los antiguos preceptos–, empieza a gestarse y rápidamente adquiere su propia dinámica demoledora (y modeladora) de instituciones. Aquellos límites que antes eran considerados naturales ahora son franqueados con exuberante inocencia –no porque se apunte a desmantelar el orden existente, sino porque se lo ignora, como la maleza ignora las pirámides que cubre al avanzar–.

El orden voluntario, centrado en la libertad de asociación y contratación, es fundamentalmente incompatible con el orden coactivo, centrado en la permanente amenaza de violencia. Mientras que este no perdona el desacato y demanda un sometimiento cada vez más abyecto a los dictados del poder, aquel no perdona la agresión y demanda niveles crecientes de autonomía.

Entre un modelo y el otro hay un salto comparable al que separa el modelo ptolemaico del copernicano.

Ver parte 16

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