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Sus fondos han sido expropiados – ¡muchas gracias por elegirnos!

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Image by cali.org/Flickr

 

 

Palabras más, palabras menos, este es el cordial intercambio de emails que mantuve durante la semana pasada con una representante del conocido procesador de pagos Dineromail:

 

Majamalu: Hola, gracias por responder a mi consulta. Mi problema es que no veo los fondos que tenía depositados en mi cuenta. ¿Cuál puede ser el motivo?

Dineromail: Hola. Gracias por contactarse. El débito de su cuenta se ha realizado porque la misma estuvo en desuso más allá del lapso descripto en la cláusula 7.328, inciso decimocuarto bis [N de la R: probablemente sea el decimoquinto bis, ahora no lo recuerdo] de los términos y condiciones del servicio.

M: Gracias por su respuesta. ¿Es posible recuperar esos fondos de alguna manera?

D: Hola. Gracias por contactarse. No es posible recuperar el saldo que fue debitado de su cuenta. Este será transferido a una “cuenta general” antes de proceder al cierre definitivo de su cuenta si esta no registra movimientos [N de la R: en rigor, los términos y condiciones dejan claro que las cuentas “pueden cerrarse sin invocación de causa”] ¡Muchas gracias!

M: Sólo me queda una duda: ¿voy a recibir algún aviso antes de que procedan a cerrar mi cuenta? Gracias por su tiempo.

D: Hola. Gracias por comunicarse nuevamente. No se le enviará una notificación previa al cierre de su cuenta. ¡Qué tenga buen día!

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Image by gwenboul/Flickr

¿Cómo es posible que un negocio funcione – y prospere – de esa manera? La respuesta se sigue de otra pregunta: ¿Qué alternativas tienen sus clientes? El problema de Dineromail no es la representante que me tocó en suerte, ni algún otro empleado, ni su fundador, ni su actual dueño. No: el problema es la escasa o nula competencia que hay en el rubro de los procesadores de pagos. En otras palabras, el problema es la existencia de un monopolio (u oligopolio), creado por regulaciones a las que sólo pueden sobrevivir los gigantes – por torpes que sean.

Me pregunto, sin embargo, si estos gigantes saben lo que les espera; me pregunto si son capaces de imaginar a un competidor que no reconoce fronteras ni privilegios. No lo creo, y no los culpo: un sistema de transferencia de valor abierto y transparente, inmune al soborno y a la amenaza, que se expande sin necesidad de contactos políticos ni departamento de marketing es, para ellos, inconcebible. Pero existe, y cuando lo vean venir será demasiado tarde.

Los procesadores de pagos montados sobre el sistema monetario estatal correrán la misma suerte que las oficinas de telégrafos, los agentes de viajes y los locales de venta de discos compactos. Da igual si lo saben o no, ya que nada pueden hacer para evitarlo: en la era de Internet, el “servicio” que brindan no tiene razón de ser. Su desaparición – o, en el mejor de los casos, su reducción a la insignificancia – será un mero efecto secundario de la expansión de Bitcoin.

Ver también: ¿A quién perjudica Bitcoin?

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