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No hay mal que dure cinco mil años

Por primera vez en la historia tenemos una moneda no monopólica ni monopolizable, totalmente libre de fricción, que podemos ahorrar y usar sin preocuparnos por la erosión arbitraria de su poder adquisitivo, la censura o la confiscación. Digo no monopolizable porque ahora sabemos que, aun en el peor de los casos, podemos independizarnos de la versión corrupta mediante un fork para mantener vivo el proyecto original y dejar atrás, cual si fuera una valva estéril, el software sometido al poder coactivo de turno.

En Bitcoinlandia, el fork es una forma de secesión no violenta que nos permite seguir avanzando hacia niveles crecientes de libertad económica cuando los tentáculos del Leviatán se cierran a nuestro alrededor. Y eso sin perder la posesión de nuestras monedas, ni la posibilidad de usarlas, y sin renunciar a la infraestructura ya establecida ni al efecto de red.

Antes de Nakamoto, la destrucción de una base de datos al servicio de una moneda digital –o simplemente la persecución de sus creadores– marcaba el fin del proyecto; ahora, incluso las ofensivas políticas más contundentes motivan un relanzamiento casi instantáneo, secundado por millones de usuarios. Nadie tiene el control absoluto del protocolo; no hay una base de datos que atacar, no hay un tesoro que saquear, y quienes tienen algún control sobre un repositorio de software enfrentan permanentemente la competencia de otros equipos capaces de absorber a los usuarios insatisfechos.

La mera posibilidad de un fork contencioso limita la influencia de los actores deshonestos sobre la dirección del proyecto, mientras que la ejecución de un fork, en caso de ser necesario para resucitar la implementación de la idea original, mantiene el daño que estos sujetos pueden infligir –y el consecuente fracaso económico– dentro de los confines de un feudo digital aislado y muy fácil de abandonar.

No por ser un lugar común es menos cierto aquello de que “el poder corrompe”. Sin embargo, esta venerable máxima debe completarse con una importante aclaración: “el poder corrompe, salvo allí donde la corrupción NO es negocio”. La gobernanza de Bitcoin ha demostrado tal éxito en territorio hostil que muy bien podría convertirse en modelo para un mundo postapocalíptico, en el cual las autoridades políticas habrán perdido no solo el respeto de la población productiva, que ya es hoy prácticamente nulo, sino la capacidad de arrebatarle cómoda e impunemente los frutos de su trabajo.

En el mundo físico, la dinámica del software libre se traducirá en una aceleración de la evolución política: en la misma medida en que se debilite el poder coactivo, se tornará más tentadora y viable la secesión geográfica. Los movimientos secesionistas triunfantes inspirarán a otros, iniciando una reacción en cadena similar a la que contribuyó y siguió al desmoronamiento de la URSS, solo que esta vez el equilibrio será alcanzado gracias a la operación de fuerzas nuevas, o mejor dicho de fuerzas viejas pero nunca antes desplegadas libremente.

La disolución del matrimonio entre Moneda y Estado precipitará el ocaso de las instituciones políticas que hemos heredado de la edad de Bronce. Lo lamento por los cultores del salvajismo glorificado –de la agresión como principio fundamental de la organización social–, pero no hay mal que dure cinco mil años. Aunque sea en medio de turbulencias, veremos resplandecer los albores de una era signada por la reestructuración del poder, e incluso por su redefinición: la era de las instituciones moldeadas por la actividad empresarial.

Cuando el propio orden que hace posible el despliegue de la actividad empresarial sea objeto de actividad empresarial, nuestra eterna, prosaica y natural demanda de seguridad y justicia se verá por fin satisfecha en un marco de estabilidad persistente, dentro del cual gozaremos de una maravillosa inestabilidad.

De la mano de emprendedores enfocados en la expansión y consolidación del orden voluntario, entre los cuales destaca la figura paradigmática de Satoshi Nakamoto, vamos camino a erradicar definitivamente el flagelo destructor de capital por excelencia: la interferencia política en las relaciones contractuales. Los incentivos comunicados y coordinados por el mercado impulsarán el descubrimiento y la implementación de mejores sistemas de convivencia pacífica, tal como impulsan hoy –aun bajo el peso de una agobiante burocracia– el descubrimiento y la implementación de mejores sistemas de producción de alimentos, ropa y electrodomésticos.

Una vez en manos de los más diestros en el manejo del capital, el poder ya no será proporcional a la capacidad de hacer daño –como lo es ahora–, sino todo lo contrario, pues estos nuevos emprendedores conservarán el control sobre los recursos que estén en su poder solo mientras logren demostrar que son efectivamente los mejores a la hora de proveer determinado bien o servicio.

¿Qué nos espera, entonces, en concreto? Por el momento, solo cabe responder a esta pregunta con más preguntas:

¿Qué pasa cuando la creatividad empresarial puede aplicarse libremente a resolver los problemas de gobernanza a todo nivel?
¿Qué pasa cuando de pronto es posible emprender proyectos de larguísimo plazo, proyectos capital intensivos de dimensiones nunca antes concebidas, porque las reglas del juego ya no son vulnerables a los caprichos de la planificación centralizada?
¿Qué pasa cuando el conocimiento, la audacia y el poder coinciden en las mismas personas, todas obligadas a competir por el favor del consumidor e incapaces de imponer su voluntad por la fuerza?
¿Qué pasa cuando los más inteligentes ya no pueden ser tentados por las mieles instantáneas de un sistema financiero hipertrofiado y parasitario?
¿Qué pasa cuando la honestidad y el trabajo duro dejan de ser exprimidos por una pandilla de psicópatas amparados en el monopolio de la violencia?…

Puede que tengamos el privilegio de averiguarlo.