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El criptosuicidio de New York

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Cuando Benjamin Lawsky, el Superintendente de Servicios Financieros de New York  (también conocido como “Super Nintendo Lawsky”), empezó a hablar de “bitlicencias”, unos cuantos oportunistas –entre muchos despistados– aplaudieron la iniciativa.


Ya entonces Irdial decía lo siguiente:

Lo que estos defensores de las “bitlicencias” realmente quieren es un privilegio, una ventaja garantizada por la fuerza. Quieren evitar que otros empresarios compitan con ellos; quieren frenar y obstaculizar la innovación, y así dominar un mercado cerrado, intervenido, anquilosado…

No van a poder.

¡Cuánta razón tenía! Pero las advertencias de Irdial fueron más allá:

Si Estados Unidos quiere alejar a los desarrolladores centrados en Bitcoin, a los sitios de intercambio y a las nuevas empresas, problema de Estados Unidos; hay un montón de otros lugares en el mundo con gobiernos que no son tan retrógrados. Skype fue fundado en Estonia en lugar de en Silicon Valley, y no por casualidad.

Ahora que el engendro de Supernintendo Lawsky está cobrando vida, veamos cuáles serán sus exigencias.

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Supernintendo Lawsky en el Salón de la Justicia

Según informa Wired,

Las regulaciones de New York introducen una nueva capa de normas que abarcan un amplio rango de empresas obligadas a reportar toda clase de información. Esto supondrá más trabajo aún que el que ya suponen los lineamientos federales vigentes.

Bajo las nuevas regulaciones, las empresas relacionadas con Bitcoin deberán mantener un registro de las direcciones físicas de sus clientes, así como de todo aquel que envíe dinero a sus clientes utilizando la red Bitcoin.

También deberán presentar con cierta frecuencia informes a la organización de Lawsky, el Departamento de Servicios Financieros del Estado de New York (DFS, por sus siglas en inglés), detallando cualquier cambio en la titularidad, las previsiones financieras e incluso en los planes estratégicos del negocio.

Si se llegaran a aprobar, estos requisitos le harán la vida muy difícil a las nuevas empresas relacionadas con Bitcoin, cuyos recursos son limitados y están luchando para inventar modelos completamente nuevos de negocios.

En algunos casos, las empresas tendrían que presentar más informes que las demás empresas con licencia de la DFS. Por ejemplo, se las obliga a almacenar por 10 años los registros de los reclamos de sus clientes.

Otro gran problema es que las regulaciones parecen abarcar toda una nueva clase de empresas Bitcoin que en la actualidad no se encuentran sujetas a regulación federal, incluyendo a las que proveen carteras en línea como Blockchain y BitGo, y tal vez incluso hasta las aplicaciones para dar propinas o hacer donaciones.

burocracia

Un redditor resumió muy bien el espíritu de la propuesta de Lawsky en esta oración: “Un hombre que nadie ha elegido está creando normas que nadie ha solicitado para prevenir problemas que no existen”.

Pero… pero… ¡protección al consumidor!, ¡prevención del delito! Que no te confundan con dulces palabras; estamos tratando con delincuentes. Los reguladores no son más que agentes al servicio de quienquiera que tenga las conexiones políticas necesarias para comprar sus servicios. Su rol es muy simple: confeccionar una lista de mandatos a la medida del mejor postor, que luego serán aplicados a punta de pistola en contra de cualquiera que intente desafiar su monopolio. Repugnante, ¿verdad? Son las reglas del juego; un juego en el que –lamento informarte– no tienes voz ni voto.

El poder que los representantes del Estado tienen hoy para decidir quién gana y quién pierde dentro de sus jurisdicciones solo es comparable al que alguna vez ostentaron los señores feudales. Pero Bitcoin –y esto es algo que están a punto de descubrir– no respeta jurisdicciones. ¿Acaso importa, entonces, lo que los amigotes del poder estén tramando infligirnos a través de su brazo armado? Si nos ponemos los lentes del estratega, veremos que los reguladores también pueden ser nuestros aliados. En este párrafo explicábamos por qué:

Debemos preservar y cultivar con esmero esta ilusión de control, como todo lo que contribuye a la expansión de Bitcoin en esta primera etapa. Nuestras reverencias mantendrán a los reguladores concentrados en la punta del iceberg –en los aspectos más irrelevantes del fenómeno Bitcoin–, ignorando que el protocolo es inmune a la tiranía.

Al apuntarnos a la cabeza para someternos a su voluntad, los defensores del statu quo han arrojado la moral por la ventana. En correspondencia con ello, nuestras consideraciones no pueden ser sino estratégicas.

¡Tres hurras por Supernintendo Lawsky!

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