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¿Te atreves a ser el tonto?

Recuerdo un meme que circulaba en el foro bitcointalk allí por octubre de 2011 –me causó mucha gracia en su momento, lo confieso– que mostraba la imagen de un adolescente con braquets, una sonrisa medio babeante, y la siguiente frase: “Soy un early adopter de Bitcoin: compré a US$ 30”. Para entonces, el precio del bitcoin estaba atrapado entre los US$ 2 y los US$ 3, después de haber caído un 95% desde su pico alcanzado en junio de ese mismo año. (Si algún lector lleva cinturón negro de Google-Fu, le agradeceré que publique el mencionado meme en la sección de comentarios).

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Reitero la pregunta del título: ¿Te atreves a ser el tonto? No me refiero a imitar la sonrisa del sujeto que aparece ridiculizado en el meme, sino a asumir el rol de tonto, de iluso, de hazmerreír, justo cuando más duele (porque sabes que casi nadie va a prestarte atención aún si estás en lo cierto), y por el tiempo que sea necesario. La respuesta a esa pregunta es lo que separa al buen inversor del rebaño. El buen inversor no intenta convencer al mundo de los méritos de su estrategia; cuando ve una oportunidad única simplemente la aprovecha y deja que el rebaño siga el curso de menor resistencia. Mientras tanto, él se enfrenta a la corriente y aguanta… hasta que la corriente empieza a favorecerlo. Esto no es, por supuesto, lo único que lo distingue, pero sí es una condición sine qua non del buen inversor.

Los early adopters que nunca vendieron sus bitcoins ahorrados probablemente no sean más inteligentes que los que sí lo hicieron, sino menos vulnerables a la presión de su entorno. Aquellos confiaron más en su mente que en la “sabiduría” del rebaño, y mantuvieron durante años una conducta basada en una opinión tan impopular como acertada. En otras palabras, se atrevieron a ser los tontos.

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Por más que el análisis técnico se afane en buscar los signos que permitan determinar de qué manera se comportarán las masas en los próximos días, meses y años, ir contra la corriente seguirá siendo una mezcla de ciencia y arte: ciencia (inexacta), porque requiere la identificación del valor fundamental –indiferente a los cambios de humor– del activo en cuestión; arte, porque requiere la identificación de ciertos indicios de ánimo sombrío sin justificación alguna (como por ejemplo, un título como este en un medio masivo de comunicación: “Cae Mt.Gox: ¿es el fin de Bitcoin?”).

Hipnotizadas ante cada fotograma (ejemplo: cae Mt.Gox), las manos débiles ignoran la película del siglo y entregan sus monedas –una y otra vez– a las manos fuertes que saben apreciarlas. Mientras tanto, los “expertos” que guían al rebaño dan por muerto a Bitcoin una vez más (la cuarta o la quinta, no recuerdo bien).

Hoy, 5 de enero de 2015, dos opciones vuelven a presentarse ante cada uno de nosotros: ir con el rebaño para evitar la humillación (pues cabe la posibilidad de que el precio del bitcoin siga cayendo por un tiempo), o bien dejarnos guiar tanto por nuestra inteligencia como por nuestro olfato, dar un paso al costado y, ante el desconcierto del ganado humano, decir con orgullo: “sí, soy tonto”.

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