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Bitcoin o cómo parar la máquina de imprimir billetes


Por Eduardo Martínez Narváez


El hombre es una criatura gregaria, que tiende de forma espontánea a vivir en grupo junto a sus congéneres para satisfacer sus necesidades, bien usando sus propios medios y acción o acudiendo a terceros para ello.


Esta forma de organización da lugar dentro de esos grupos humanos a todo tipo de transacciones e intercambios, los cuales requieren de un instrumento idóneo para poder realizarse. El método del trueque no es eficiente ni práctico; hacen falta alternativas, y para ello hubo de inventarse un instrumento adecuado: el dinero.

El dinero ha adoptado formas diversas a lo largo de la historia: metales o piedras preciosas, semillas de trigo u otras plantas alimenticias, especias o  cualquier otro activo al cual los involucrados en las transacciones otorguen la capacidad de serlo. Durante siglos la conversión de un activo en dinero fue producto del consenso entre los intervinientes en el mercado, quienes acordaban libremente el valor de los bienes objeto de la transacción y la cantidad de dinero a recibir a cambio de los mismos. La aparición del dinero significó un gran avance y terminó otorgando grandes ventajas al poseedor de ese instrumento. Y no solo como medio de pago, sino como forma de preservar el valor de lo producido y como referencia de medida de dicho valor.

El dinero supone poder para quien lo posee. De ahí el gran interés que a lo largo de la historia ha habido por parte de quienes ostentan el predominio político, religioso, económico, etc. por apropiarse de la capacidad de generarlo (monedas, billetes, vales, etc., con los cuales puede adquirirse el fruto del trabajo ajeno) así como de dirigir su funcionamiento hasta el mínimo detalle. Controlar el dinero es controlar las transacciones, los intercambios, las operaciones que se producen entre las personas integrantes de la sociedad, con lo que ello significa.

Justo eso es lo que sigue ocurriendo actualmente. Bancos centrales y organismos similares regulan, controlan, manejan y dirigen de arriba a abajo cualquier aspecto relacionado con el dinero. Han impuesto la moneda fiat de curso forzoso, fijándola como instrumento único que las personas podemos utilizar para realizar nuestros intercambios y transacciones económicas.

Pero ha surgido una alternativa más que viable, ya operativa, que permitiría cambiar ese panorama: El Bitcoin.

¿Por qué? Porque el fundamento básico del Bitcoin consiste en eliminar la posibilidad de que determinado ente u organización, en manos de unos pocos, se abrogue la potestad de controlar cómo, cuándo, cuánto y dónde podemos utilizar nuestro dinero. Porque devuelve a cada persona la libertad para disponer de su dinero, sin peajes obligatorios, sin vernos obligados a recurrir a intermediarios que no hemos escogido. Porque permite que un programador de páginas web radicado en China reciba de forma inmediata, segura y directa el pago por su trabajo de un cliente localizado en Australia. Porque deja fuera de juego, despoja por completo de su poder para dirigirnos, a quienes desde las distintas esferas dominantes pretenden tutelarnos y tratarnos como si fuésemos menores de edad. Disrupción señores, eso es Bitcoin.

La Reserva Federal, que actúa como banco central en los Estados Unidos, ha emitido entre los años 2008 y 2012 alrededor de 2.500.000.000.000 de Dólares mediante el método denominado “Quantitative Easing”. A razón de 1.7 MM de Dólares al día aproximadamente. El Banco de Japón anunció a inicios del año 2013 que inyectaría cada año a partir de ese momento unos 70.000.000.000 de Yenes de nueva emisión en la economía de ese país. Medidas similares aunque en menor cuantía han sido adoptadas por el Banco Central Europeo (LTRO – Long Term Refinancing Operation) y por el Banco de Inglaterra. Es decir, el billete de Dólar, Euro, Yen o Libra Esterlina que las personas tienen en su bolsillo, va perdiendo poder adquisitivo minuto a minuto por decisión de un grupo de dirigentes, sin que haya manera de librarse de ello puesto que es dinero de curso forzoso, de uso obligatorio.

Conocido lo anterior, la lógica y el sentido común indican que cualquier persona afectada por la ejecutoria de bancos centrales e instancias parecidas, debería considerar seriamente al Bitcoin como la mejor oportunidad que ha surgido probablemente en siglos, para evitar que el fruto de nuestro trabajo, el dinero que nos cuesta tanto esfuerzo ganar, se convierta en sal y agua porque así lo determina un tercero de forma unilateral y arbitraria.

Se equivoca radicalmente quien siga considerando a estas alturas al Bitcoin como una cosa de neo-hippies, anarquistas fanáticos, idealistas que no tienen los pies en la tierra o evasores de impuestos. Justo eso es lo que quieren presentar a la opinión pública, aquellos que perderían su poder sobre el dinero y la riqueza de los demás si el Bitcoin acabara consolidándose como la moneda libre que es por definición.

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