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Maldición y bendición del efecto de red (I)

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Image by Lisa Ouellette


Quienes hemos visto crecer exponencialmente el número de usuarios del email, y luego de Facebook, Twitter, Skype, etc., sabemos lo que el efecto de red significa; hemos sido testigos de su inmenso poder, pero también lo hemos sentido en carne propia. ¿Quién no ha experimentado, alguna vez, la sutil presión de un entorno hechizado por el efecto de red? (“¿No tienes Facebook? ¿En serio?…”).


El efecto de red se manifiesta cuando un determinado producto resulta tanto más útil cuantas más personas deciden utilizarlo. Pero hay un aspecto de este fenómeno – un lado filoso –, que conocen muy bien los empresarios que han tenido el coraje de lanzarse a competir con lo establecido. Estos empresarios pronto descubren lo agotador que resulta nadar contra la corriente – aún con un producto a todas luces superior – y lo fácil y provechoso que puede ser, en cambio, dejarse llevar. En el caso del usuario, “dejarse llevar” significa integrarse a la red más densamente poblada; en el caso del empresario, adaptar su producto a los canales ya establecidos – al calor del efecto de red – , en lugar de dedicarse a mejorar los cimientos de todo el ecosistema.

¿Pero qué ocurre cuando los cimientos están irremediablemente dañados? Sorprendentemente, nada. No ocurre nada… hasta que ocurre. La inercia que acompaña al efecto de red puede confundir a varias generaciones de seres humanos con una sensación de seguridad que, a decir verdad, no es del todo falsa. Al fin y al cabo, el conformismo (hacer lo que hacen los demás porque lo hacen los demás, o hacer lo que los demás esperan de nosotros) es una estrategia que nos ayudó a sobrevivir como especie durante decenas de miles de años.

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Image by Chris Potter/StockMonkeys.com


Pero debemos reconocer que hay algo atávico y potencialmente peligroso en el conformismo. Si el efecto de red ejerce un poder tan desmedido que no admite el cuestionamiento y la experimentación por fuera de los canales establecidos, corremos el riesgo de caer, sin darnos cuenta, en patrones de conducta disparatados, que solo adquieren sentido en el seno de un determinado grupo humano:


“¿Por qué no vivir al pie de un volcán activo? – es lo que hicieron mis abuelos y mis padres antes que yo, y no les fue mal.”

“¿Por qué no colocar todos mis ahorros en una cuenta bancaria?”

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