Elogio de la aristocracia

 

Amo este sitio, entre otras razones porque puedo publicar aquí todo lo que se me antoja, y lo que se me antoja suele ser aquello que a mi juicio es importante difundir. En días como hoy, antes de ponerme a escribir o a elegir un texto, me detengo a pensar: ¿cómo sería el mundo si, digamos, cientos millones de personas entendieran y empezaran a actuar en base a estas ideas? ¿Probablemente mejor? Prueba superada entonces: no tengo que dar explicaciones, ni pedir permiso, ni preguntarme a quién podría llegar a molestar o incomodar el texto en cuestión; en suma, no tengo que atender a ninguna consideración ajena a mi propio interés en el asunto. Como el abejorro husmeando sin prisa entre las flores, entro y salgo de mentes más agudas que la mía en busca de buenas ideas que diseminar. Con un poco de suerte, hallarán un destino fecundo.

Si te has acostumbrado a leer por encima cualquier párrafo que supere los tres renglones de longitud, o a exigir resúmenes necesariamente injustos con el texto original (tldr!), o a aceptar conclusiones fundamentadas en un ingenioso tweet… si tiendes a huir de los buenos argumentos para buscar refugio en el calor de la fantasía popular; si no estás dispuesto a prestar atención a las razones esgrimidas por quienes se oponen al status quo, y por lo tanto crees que más democracia es igual a más libertad y prosperidad –así como los antiguos aztecas creían que más sacrificios humanos garantizaban mejores cosechas–, te advierto que Palamedes, nuestro invitado de hoy, te sacará de tu zona de confort.

Palamedes

Mientras los criptojacobinos nos aleccionan contra la “autocracia”, ignorando que Bitcoin fue construido bajo la monarquía de Satoshi Nakamoto, Palamedes, envuelto en su túnica blanca, escucha estoicamente lo que dicen, observa lo que hacen y, fiel a su naturaleza, nos propone una reflexión…


Elogio de la aristocracia

Cuando conocí Bitcoin en el 2013, lo primero que pensé es que las siguientes oligarquías mundiales serían cibernéticas. Sigo con la misma idea. Ya pasaron afortunadamente los tiempos de las oligarquías militares y estamos ahora asfixiados por las políticas, pero probablemente también a estas les queda poco tiempo.

Hizo escuela Aristóteles cuando, tan amigo como era de clasificar, distinguió entre oligarquía (mala supremacía de unos pocos) y aristocracia (buena). Aunque él no pudo pensar en que la razón para distinguirlas era la presencia o ausencia del arma de la coacción, la distinción sigue siendo útil para guiar nuestros razonamientos.

La inflación del siglo XX ha hipertrofiado el estado y la política, y ha hecho estragos en las conciencias de las personas, antes más autónomas. La política omnipresente ha reciclado la libertad secuestrada de los individuos mediante la inflación de derechos inventados y administrados por democracias con pandemia de socialismo. En consecuencia, el ser humano adaptable ha desarrollado un instinto inmediato para reclamar los derechos que le corresponden en igualdad con los demás, extinguidas las aristocracias, pero ha perdido en gran medida la capacidad para determinar el valor en precio de los bienes que le rodean: en efecto, el derecho ha desbancado al precio, y por eso el medio para conseguir lo que deseamos es el voto y el grito, faltos de la costumbre de determinar la relación entre nuestros méritos personales y el precio de lo que deseamos y dificultados, además, por unos precios ascendentes que responden a los manejos de oligarquías monetarias asociadas al poder político. Vemos a los modestos, arrogantes, creerse con derecho a disfrutar de las mismas comodidades que los ricos. La egolatría disimulada intenta diluir sus mediocridades en la masa y reclama para sí las virtudes ajenas mediante la satisfacción de sus derechos.

Pero es también un mundo desquiciado, porque la naturaleza sigue mostrando su fuerza cuando los guapos tienen más atractivo que los feos, los elocuentes que los silentes, los sanos que los discapacitados, los alegres que los tristes; cuando ellas enseñan más carne y escote que ellos para gustar, a pesar de la invasión igualitarista en el trato de los sexos. El lenguaje también sufre el disparate cuando a los empresarios se les llama emprendedores, como si pudieran ser perfectos sinónimos, como si fuera doloroso pronunciar el nombre de quienes son imprescindibles, porque representan una aristocracia que todavía conserva el conocimiento y el riesgo de determinar los precios de las cosas pasadas, presentes y futuras.

Si estamos en el nacimiento de una nueva aristocracia que no podrá detentar el poder de la coacción porque su éxito conlleva la debilidad del estado, entonces viviremos muy buenos tiempos.